martes, 22 de diciembre de 2009

Cómo caer en la elegancia

Escrito por LuchaLibro.cl en diciembre de 2009 y leída en Radio Uno por Juan Carlos Ramírez:

Las crónicas periodísticas son mucho más que ir al lugar de la noticia y contar lo que pasó en primera persona. O descasetear y creerse objetivo por eso. Más bien es un ejercicio donde la contingencia permite la confesión y a la vez el involucramiento del lector. Eso se hace poco. Es más fácil practicar el ombliguismo, esa molesta “primera persona ganadora” donde el cronista se proyecta como un ser intelectualmente poderoso. Gonzalo León, o más bien “León” explora lo peor del Chile post-Pinochet en esta compilación de artículos enriquecidos con el making of, es decir el entorno en el que preparó estas piezas periodísticas. Así, no sólo nos enteramos del concurso Mister Gay, los punk antisistémicos que le toman fotos al pobre Álvaro Hoppe o cómo son las reuniones de los viejos pinochetistas, sino que también vamos conociendo las pellejerías de “León” en la calle Mosqueto, cuando lo molestaban en el colegio o sus problemas con la chica trotskista. Capítulos como “Las cosas este año no se ven bien” o “Libros, literatura o demagogia” son reveladores de un personaje que asume su decadencia, mientras el resto de los cronistas intentan demostrar lo inteligentes que son. León es un lector de primera línea (su recurso de parafrasear autores antes de explayarse, nunca llega a molestar) y por ende sabe como caer con dignidad, aunque ni él se de cuenta. De hecho en LuchaLibro lo encontramos más parecido a Chuck Klosterman que al Bukowski que varios críticos insisten en comparar. “En Chile, desconozco la realidad laboral de otros países, el jefe o empleador espera que el trabajador o subalterno lo cornetee de vez en cuando. Lo extraño de esta situación es que rara vez el trabajador o subalterno reclama, porque sabe que debajo suyo siempre hay alguien, institucionalizando de esta forma el corneteo. En un medio de comunicación, por ejemplo, el director espera que todo el mundo lo corneteé, los editores esperan lo propio de los periodistas, los periodistas de los estudiantes en práctica y los estudiantes en práctica de los simples estudiantes de periodismo”, reflexiona en “Política, el arte del corneteo”, con epígrafe de Coetzee: “Nacemos súbditos”.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Rugidos sin garras

Escrito por Tal Pinto el 26 de noviembre de 2009 en The Clinic

Recopilación “personal” de artículos escritos para La Nación, Punto Final y otros medios, “La puta que me parió” es un engendro al que le sobra pathos y le falta estilo, y que desde la primera anécdota exhibe la candidez del autor. Dice León que le dijo Camilo Marks que “la otra vez fui a comer con… Pedí unos erizos, pero me cayeron mal y por la noche terminé defecando mis cuatro pijamas (sic)”. La confesión del crítico es graciosa, vulgar, desmedida y algo más sofisticada que el mero relato de un derroche intestinal; es una simple cuestión de oído: ¿por qué Marks “defeca” en vez de “cagar”?
No es que ponga en duda que pasó una pésima noche, aunque es enteramente plausible que la caca no haya irrumpido en cuatro piyamas –por lo demás quién tiene cuatro piyamas-, pero luego del verbo defecar la realidad de su impasse estomacal se reduce a algo nominal, a una cuestión de autoridad o confianza en el narrador. Si Marks hubiese “cagado” confiaría en su relato; que defeque obliga a la cautela, que defeque debería sugerir a los lectores u oyentes que la impúdica confesión del crítico tiene mucho de ficción. León no ve o no escucha propiamente la payasada de su comensal, y elige, con ayuda de un diccionario tan persistente como irritante, definir la censura y la crítica, para luego concluir que él mismo se encuentra en una situación crítica, remachada con un cliché digna de psicólogo de matinal: “Y desde luego, uno puede ser crítico con una persona, pero no por eso la va a dejar de querer. Uno mismo es autocrítico y, por lo que yo sé, yo amo a León”. La ironía, por supuesto, es que León se ama salvajemente.
La mayoría de sus crónicas consisten en visitas a eventos, socialmente extraños (la conmemoración en el Estadio Manquehue del primer año de la muerte de Pinochet, la reunión de puteros organizados en una disco gay, un noticiero muletto de deliberado mal gusto, entrevistas a travestis, ser junto a Marco Enríquez-Ominami jurado de Mister Gay) a los que León asiste siempre en condición de Wally. Si elige el lugar común, como lo es el de moralizar sobre la censura cuando escucha el cólico de Marks, es porque carece de la imaginación para distanciarse de sí mismo, o para encubrir esa distancia. Aún así muchas de sus crónicas logran exhibir una vitalidad que a la postre se ve entorpecida por la cuasi patológica necesidad de ser gracioso y la ausencia de medios: usualmente comienza las crónicas hablándole al lector, cierra los párrafos con bromas de escasa gracia, tiende a los verbos “literarios” empotrados en frases coloquiales (me “bebí” una cerveza en vez de me “tomé”). Es curioso que critique la falta de escritores “chilenos chilenos”, y para ello se valga del idioma local, y luego se contradiga en sus propias crónicas.
Pero contradecirse da lo mismo. En León lo preocupante es su calculada impertinencia. Muchos de sus entrevistados, y por entrevistados debería entenderse títeres, son humillados. No hay empatía alguna. Es como si escribiera sabiendo a quién tiene que agradar y a quién no. ¿Qué sentido realmente burlarse de María Carolina, la prostituta más cuica de Santiago, cuando de alguna forma el que ella sea una prostituta es una afrenta tan grande a su clase social, tan redonda, que nada de lo que ella diga puede tener más importancia que lo que hace? A León se le escapa que la burla es a los clientes de María Carolina, que pagan con creces el deseo de estar con una mujer no demasiado agraciada que parece ex alumna, y seguramente lo es, de un colegio de monjas.
La literatura de León, como la de Fuguet antes de “Missing”, es decididamente adolescente. Idealista, romántica, pretendidamente corrosiva, antes pueril que punzante, con posibilidades inexistentes de relectura.

martes, 17 de noviembre de 2009

sábado, 7 de noviembre de 2009

Cabeza de chancho

Escrito por Javier García en La Cultura Domingo el 8 de noviembre de 2008


El cronista no pasa inadvertido. Es alto, fofo, usa lentes de marco grueso y tiene voz de antiguo locutor radial, si no fuese por su tartamudez. Gonzalo León (1968) puede estar hablando de Schopenhauer o Manuel Rojas y al minuto de chunchules.

Una dispersión que se centra a la hora de escribir, donde sabe que los bordes, lo periférico, son su terreno. Títulos como “Pornografíapura”, “Punga” y “Pendejo” describen su biografía y callejeo, y a su obra ahora se suman dos nuevos libros.

El conjunto de crónicas y columnas salidas de La Nación y de la revista Punto Final arman “La puta que me parió” (LOM Ediciones), y además acaban de aparecer 16 cuentos bajo el nombre de “Un imbécil leyendo a Nietzsche” (Libros La Calabaza del Diablo).

En “La puta que me parió” se explica que el libro es “un ejercicio de montaje”, y que se puede leer como “un diario personal”. León responde que “en muchas crónicas me di cuenta de que había cosas personales, como mi separación de la chica trotskista, la demanda de divorcio de mi padre a mi madre después de treinta años de separación, la posterior enfermedad y muerte de mi madre y entremedio muchas idioteces”.

-En ambos libros aparece tu madre. El de crónicas se lo dedicas. En el cuento hablas del niño que fuiste hasta su funeral.

-Quiero pensar que ambos libros son complementarios. En otras palabras, cuando escribía las crónicas que incluiría en “La puta que...” no sabía que mi madre se moriría, en cambio “Un imbécil...” es parte de un duelo, ya que los comencé a escribir a un mes de su fallecimiento. Reconozco que alguna vez le comenté a mi madre la posibilidad de ponerle a un libro “La puta que me parió”. Recuerdo que se puso seria y luego dijo: “Cuando esté muerta puede hacer lo que quiera, mijito”.

-La muerte y los hospitales se reproducen en algunas historias de “Un imbécil…”. ¿Estás preocupado por tu fin?

-Mi familia tiene un historial con los hospitales, en especial con el Gustavo Fricke de Viña del Mar. Ahí murió mi abuelo atropellado por una ambulancia, luego mi madre producto de una casi negligencia, y yo estuve internado ahí hace treinta años a causa de una bronconeumonía. Más que a la muerte, les temo a los hospitales.

-¿Con qué escritores de la actual narrativa chilena sientes afinidades?
-Me gustan las crónicas de Roberto Merino, las dos novelas de José Leandro Urbina, los libros de cuentos de Luis López-Aliaga y Carlos Tromben, un par de cositas de Diamela “La jefa” Eltit, pero también una narrativa chilena que ha sido olvidada, como la de Luis Cornejo, Alfredo Gómez Morel, Ricardo Puelma. Hoy nadie escribe sobre Chile. En este sentido, todo lo que se está haciendo a grandes rasgos tiene los mismos tintes que los de la “Nueva Narrativa”, vale decir, el eufemismo, el eludir a Chile.

-¿Te gustaría ser un escritor famoso y reconocido?

-En realidad ya soy famoso, pero en la calle, y las cosas no han cambiado para nada. Pero en tu planteamiento hay algo terrible y es que hay muchos escritores que están en el oficio por fama; y no hablo de reconocimiento, que es otra cosa y que llega cuando uno cumple cierta edad y ha acumulado cierta obra. No estoy desestimando al lector, pero uno no puede escribir en función de él. Tampoco en contra, pero la escritura consiste en encontrar una voz propia. Si eso coincide con el público, es otro cuento.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Mamita linda

Publicado por Artemio Echegoyen en La Nación del 6 de noviembre de 2009

Suena a paráfrasis del inicio de “El extranjero”, de Albert Camus: “Mi madre ha muerto y con esto debiera bastar”, escribe el cronista Gonzalo León (1968) en “Lápida”, pieza final de “La puta que me parió”, conjunto de textos que, según J. L. Urbina, mezclan “la observación antropológica y la mirada subjetiva”. Reflexionando sobre el estado de su madre (que aún vivía) y el suyo propio, León se concentra en el vocablo “crítico”, como adjetivo y como sustantivo. Emerge la “crisis” como fuente de casi todo. También nombra al crítico Marks en plena crisis: no será de buen gusto lo que dice, pero León es así, las larga y tan campante. Luego hará lo mismo consigo mismo. Hasta su mamá misma estaba cabreada con sus críticas. Es suelto de pluma. ¿Es amoral?

Acompañado del fotógrafo Álvaro Hoppe, León emprende sus excursiones socioculturales. Ya no es católico, pero estudia la confesión desde la observación participante, empezando con el cura John O’Reilly, sospechoso de cuicofilia. “El aborto es lo más normal del mundo”, responde el sacerdote cuando el cronista “confiesa” que lo hizo con su señora. Sigue un elogio del matrimonio religioso como solución a los pecados positivos y negativos de la carne. En otro texto -“Política, el arte del corneteo”- describe la tendencia chilena a hacer la pata, cornetear, o sorbelamer (puede ser simbólico) el falo-poder de los superiores. El gran héroe chileno es Espinita. El vocablo tiene sentido, medita León, “si consideramos (…) que chupar pico es algo indigno o humillante”.

En un momento declara: “Hace poco cumplí cuarenta años y me siento viejo, acabado y al borde de la muerte”. Penetra en un asilo de ancianos con el propósito de integrar su nómina de inquilinos. Hoppe va de apoderado. La funcionaria Jocelyn se escandaliza: “Por ningún motivo alguien de cuarenta años puede ser ingresado en la fundación”. Hoppe pregunta si hay excepciones. “Bueno”, dice la mujer, “si estuviera a punto de cumplir los sesenta y cinco años, desde luego que sí”. Extraña aritmética, pero igual no es cierto eso de que veinte años no es nada.

Hablando de escritores chilenos muertos no hace tanto, León se pregunta qué tienen en común Claudio Giaconi, Gonzalo Millán y Roberto Bolaño, aparte de sus largos destierros: “No hicieron mucho para cambiar sus finales”. Giaconi se operó la pierna pese a los riesgos, Millán fumaba como “carretonero” y Bolaño “jamás empleó sus influencias” para obtener un hígado bueno. Y ahí están ahora, acompañando a la mamá del autor, que no sabe con cuál empezar.

LA PUTA QUE ME PARIÓ
Crónicas
Gonzalo León
Lom, 2009, 173 páginas

domingo, 1 de noviembre de 2009

"Hay ciertos oficios que no son para el halago"


Foto Elvis González

Escrito por Giglia Vaccani en La Nación Domingo el 1 de noviembre de 2009

A León le gusta la comida peruana. Mucho más que los vecinos del país del norte que viven en su edificio, en las cercanías del mercado, a razón de 15 ó 20 en un solo departamento. Por eso, hace años que comenzó una ruta gastronómica que inició en el Victoria, siguió con el Ají Seco y no se saltó el Olán. Hoy, el de su preferencia es El Encuentro, en la esquina de Ismael Valdés Vergara y San Antonio.

“Esta picada la conocí cuando me cambié de casa, a una cuadra de acá. No había cocina y nada y con mi ex, con la que duramos 28 días, vinimos acá. Hay que saber pedir… en invierno traía una olla donde me daban una sopa que valía dos mil 500 pesos. Una sopa con carne, papas, huevos… muy rica”.

-¿Y cuál es el plato que más le gusta?
-Me gu-gu-gustan mucho los tiraditos de pescado, la yu-yu-yuca frita a la huancaína, el picante de calamar, aunque hay que pregun-guntar si hay del grande o chiquito.

-¿Y cuál le gusta más, el grande o el chico?
-El grande, poh.

A León no se le va una. Es rápido y las agarra al vuelo. Hay que irse con cuidado con él.

-¿Qué le tiene picado?-La po-po-poca plata que gano, cachái.

-Cambiemos de tema, mejor. ¿Cómo alguien que tartamudea y es lento en armar frases escribe como usted?
-(Transcripción mejorada) Quizás es para suplir el defecto de hablar mal. Conocí a otra persona así, a Rafael Gumucio, y hablábamos de eso cuando trabajábamos en la APSI. Cuando uno empieza a tartamudear, como que no es bien visto. Existe el mito de que el tartamudo es un idiota, que por que no sabe articular una palabra es deficiente mental… Claro que a veces esto de ser tartamudo sirve porque cuando estoy trabajando, haciendo una crónica, creen que eres inseguro, que no sabes lo que quieres y así puedes hacer preguntas que nadie se atreve... es más fácil. Pero nunca me ha importado mucho ser tartamudo.

-En su última saga de los presidenciales de A Sangre Fría, ¿cuál de los candidatos fue más piadoso ante su tartamudez?
-Diría que hay gente que se pone nerviosa, pero es un detalle. Ahora, dentro de las personas que pensé me trataría más naturalmente, sentí a Jorge Arrate más lejano… Bueno, eso me ayudó a ver que él no era la persona apropiada para hacer la crítica que está haciendo porque mal que mal fue ministro, presidente del PS y administró poder.

-En la saga se desprende que cree que Piñera será Presidente.
-Una ex me dijo una vez que las pesadillas hay que contarlas, explicitarlas, y sigo esa línea. Para mí que Piñera sea Presidente es una pesadilla… así es que la explicité.

-¿Y MEO?
-MEO es un candidato de derecha.

-Levantó otra polémica por un A Sangre Fría en una cena de colegas de la Universidad de Chile. Le destruyeron, hasta negaron que pasara por esas aulas. ¿Le afectó?
-Haciendo literatura aprendí que hay ciertos oficios que no son para el halago. Cuando alguien me para y me dice León, qué buena onda, yo trato de apurar el paso.

-¿Y cómo fue el paso de periodista al literato?
-Fue un paso largo. Yo quería estudiar literatura, pero mis papás -que estaban separados- me dijeron que ni cagando. Pensé que mi mamá me iba a entender, pero no. Me decían que esa gente no ganaba plata. Y he tenido problemas con el mundo de la literatura trabajando en LND. Hay escritores que piensan que estoy situado porque todas las semanas escribo algo. Los literatos dicen que yo hago periodismo y los periodistas que escribo literatura. Y más encima, yo creé un personaje que se llama León en las crónicas de A Sangre Fría que no soy, sólo lo uso para reportear.

-Es el personaje de su libro de crónicas “La puta que me parió”.

-Sí. El libro de crónicas es un montaje de muchas crónicas que aparecieron en LND, más otras que aparecieron en La Nación, en la Punto Final y en una revista alemana, más otra que se censuró en LND, una sobre confesiones con unos curas, en las que inventé mis pecados. El problema fue que era Semana Santa.

-¿Y tiene muchos pecados?-Yo no tengo la conciencia tranquila. Me cuesta dormirme en la noche.