Escrito por Tal Pinto el 26 de noviembre de 2009 en The Clinic
Recopilación “personal” de artículos escritos para La Nación, Punto Final y otros medios, “La puta que me parió” es un engendro al que le sobra pathos y le falta estilo, y que desde la primera anécdota exhibe la candidez del autor. Dice León que le dijo Camilo Marks que “la otra vez fui a comer con… Pedí unos erizos, pero me cayeron mal y por la noche terminé defecando mis cuatro pijamas (sic)”. La confesión del crítico es graciosa, vulgar, desmedida y algo más sofisticada que el mero relato de un derroche intestinal; es una simple cuestión de oído: ¿por qué Marks “defeca” en vez de “cagar”?
No es que ponga en duda que pasó una pésima noche, aunque es enteramente plausible que la caca no haya irrumpido en cuatro piyamas –por lo demás quién tiene cuatro piyamas-, pero luego del verbo defecar la realidad de su impasse estomacal se reduce a algo nominal, a una cuestión de autoridad o confianza en el narrador. Si Marks hubiese “cagado” confiaría en su relato; que defeque obliga a la cautela, que defeque debería sugerir a los lectores u oyentes que la impúdica confesión del crítico tiene mucho de ficción. León no ve o no escucha propiamente la payasada de su comensal, y elige, con ayuda de un diccionario tan persistente como irritante, definir la censura y la crítica, para luego concluir que él mismo se encuentra en una situación crítica, remachada con un cliché digna de psicólogo de matinal: “Y desde luego, uno puede ser crítico con una persona, pero no por eso la va a dejar de querer. Uno mismo es autocrítico y, por lo que yo sé, yo amo a León”. La ironía, por supuesto, es que León se ama salvajemente.
La mayoría de sus crónicas consisten en visitas a eventos, socialmente extraños (la conmemoración en el Estadio Manquehue del primer año de la muerte de Pinochet, la reunión de puteros organizados en una disco gay, un noticiero muletto de deliberado mal gusto, entrevistas a travestis, ser junto a Marco Enríquez-Ominami jurado de Mister Gay) a los que León asiste siempre en condición de Wally. Si elige el lugar común, como lo es el de moralizar sobre la censura cuando escucha el cólico de Marks, es porque carece de la imaginación para distanciarse de sí mismo, o para encubrir esa distancia. Aún así muchas de sus crónicas logran exhibir una vitalidad que a la postre se ve entorpecida por la cuasi patológica necesidad de ser gracioso y la ausencia de medios: usualmente comienza las crónicas hablándole al lector, cierra los párrafos con bromas de escasa gracia, tiende a los verbos “literarios” empotrados en frases coloquiales (me “bebí” una cerveza en vez de me “tomé”). Es curioso que critique la falta de escritores “chilenos chilenos”, y para ello se valga del idioma local, y luego se contradiga en sus propias crónicas.
Pero contradecirse da lo mismo. En León lo preocupante es su calculada impertinencia. Muchos de sus entrevistados, y por entrevistados debería entenderse títeres, son humillados. No hay empatía alguna. Es como si escribiera sabiendo a quién tiene que agradar y a quién no. ¿Qué sentido realmente burlarse de María Carolina, la prostituta más cuica de Santiago, cuando de alguna forma el que ella sea una prostituta es una afrenta tan grande a su clase social, tan redonda, que nada de lo que ella diga puede tener más importancia que lo que hace? A León se le escapa que la burla es a los clientes de María Carolina, que pagan con creces el deseo de estar con una mujer no demasiado agraciada que parece ex alumna, y seguramente lo es, de un colegio de monjas.
La literatura de León, como la de Fuguet antes de “Missing”, es decididamente adolescente. Idealista, romántica, pretendidamente corrosiva, antes pueril que punzante, con posibilidades inexistentes de relectura.
jueves, 26 de noviembre de 2009
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